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Tres libros como símbolos: El hombre y sus símbolos, Tao Te King y Job

Tres libros como símbolos: “El hombre y sus símbolos”, “Tao Te King” y “Job”

Tres libros como símbolos: “El hombre y sus símbolos”, “Tao Te King” y “Job”

Andrés A. Ugueruaga <a.a.u[@]argentina.com>

3 de junio de 2008
Hay buenas razones para aunar tres libros divergentes entre si como lo son “El hombre y sus símbolos”, el “Tao Te King” y “Job” como también la inmensa pluralidad de acciones como son el batallar, el crear o el sonar, donde también hay buenas razones para hacerlo. El principal motivo es el individuo expuesto al error. Tal exponencia no atañe al hombre sino en donde se lo sitúa. En “El origen de la tragedia”, del gran Friedrich Nietzsche dice “Siempre hay un único ser real, bajo una pluralidad de hombres donde yace sino la mascara de un solo héroe” Como individuo expuesto al conocimiento trágico. Ese mundo real en extremo que el hombre aprendió a soportar con la ayuda de los símbolos.

El escribirlos, el recitar los libros, como de antaño se hacía, como cualquier otra acción, implica sino un intento de conocer lo real. Un símbolo es entonces una convención que ayuda en este desconcierto que S. K. Langer se contenta en contar con los datos de los sentidos. Para Ernst Cassirer la finalidad fue la de abarcar la totalidad de los fenómenos en los cuales se presenta en un “cumplimiento significativo de lo sensible.”

Pero sin embargo, estos explican las causas” los efectos son humanamente mas hermosos estéticos. Tal vez porque la costumbre de escribir libros nace allí donde el espanto de ver que los artilugios lógicos desfallecen y todo va mas allá de la razón.

Por eso es en ese predio donde un libro es lo que es, una acción cualquiera es lo que es, Dios mismo es lo que es. Hay un lugar, un génesis que significa origen, donde cada cosa es lo que es. Como si ese estado convive entre nosotros. No obstante la creación de estos libros va más allá de las posibilidades referenciales. Pues ilustran cada uno a su manera, los diversos avatares (que son lo que son) que corresponden a los hombres y que están más allá del tiempo y el espacio.

1. “El hombre y sus símbolos” de Carl G. Jung

Relativamente pocos libros llegan a captar y plasmar tan bien al mundo como para que todas sus páginas puedan configurar lo que se dice, un símbolo. La multiplicidad de conceptos que puede generar, incluso hasta la misma contradicción de uno respecto otro, llevan al lector a adentrase una y otra vez, para vislumbrar un nuevo y acaso distinto significado. A la fascinación de un mismo y único objeto (que además tiene la propiedad de actualizar sus características a la percepción de quien lo lee) ya son de por si buenas razones para afianzarse en un devoto aprendizaje de aquel.

En lo que a mi modesto juicio respecta, “El hombre y sus símbolos” es una obra que satisface las condiciones antedichas, tal vez por el dualismo temático presente a lo largo del libro; tal vez por los temas que derivan de aquellos; o bien por la rica simbología que su autor y autores se esmeran en plasmar. Pero sin embargo, no es de mi interés preguntar la causa de esta fascinación, sino a partir de qué, los símbolos poseen tanta vigencia. Pues siendo fieles a esta premisa, veremos cómo, a partir de la segunda cuestión, llegaremos a aducir justamente sus causas. Premisa sustancialmente estética, mientras que la segunda es esencialmente psicológica. Podemos decir finalmente que mediante la psicología, al menos en este libro, se llegan a dilucidaciones estéticas. Seguramente esa fue la intención de Carl G. Jung, principal disidente de Freud, quien supo amalgamar ambas disciplinas.

Lo que une a los hombres es lo estético, no lo psicológico, no la razón sino algo que va más allá de ella. Cuando lo psicológico no hace más que delimitarlos con ese dispositivo que llamamos “yo”.

Este misterio, es el resultante de un proceso biológico que el hombre experimentó a lo largo de miles de años. Miles de años de existencia, han posibilitado un registro de índole simbólica, al cual el humano tiende a escuchar y a realizar: Son los arquetipos, creadores de los mitos, héroes y leyendas…La imaginación y acción de los hombres responde y crece a partir de ellos. Si pensamos en los mitos, son el sexo, el amor y la muerte los tres ejes esenciales. En cuyas creencias se hallan registrados la magia y la hechicería, el dominio del fuego, la domesticación del buey y el conocimiento de la agricultura. “Los acontecimientos del remoto pasado se presentan casi visibles ante nuestros ojos”, así nos lo explican unos versos del Mahabharata al respecto.

La reproducción de la especie, la extinción del individuo y lo que une a los seres vivos como hecho metafísico, son los patrimonios de aquellas experiencias en cada ser humano. Los arquetipos enseñan por lo tanto que todo lo genérico sobrevive como idea en si en lo individual y de esta manera, lo pasado en lo presente. Hay en ellos una suerte de sabiduría que traspasa el tiempo y el espacio. Los románticos alemanes lo llamaron witz Los rasgos atribuidos a éste se asemejan a los descriptos por Parménides: la unidad e inmortalidad de un ser eterno, o sea, un ente capaz de unir lo aparentemente inconexo; dándole formas a eso ya sea como disolvente o aglomerante del universo.

El genio de la especie es al que se hace referencia. La plasticidad que mediante sus misteriosos mecanismos demuestran, nos hacen dar la impresión de lo débil e inciertas son las premisas de lo real. Y por esto, y muchas otras razones, nos hacen atender a los símbolos para dar una razón más a nuestras vidas.

Finalmente la ilusión o lo ilusorio llegan muchas veces a ser el ultimo bastión redentor de un mundo que asemeja ser tan real como complejo. Lo ilusorio es siempre la interpretación misma. Conglomera a los hombres, los disuade, los satisface, y no. Los lleva a buscar su ilusorio lugar en el mundo, les hace creer que este o ese es su tiempo. No hay nunca una manera acabada de entenderlo. Las reiteraciones, las divisiones del pasado y el futuro son arbitrarias. El universo se consolida y justifica por su implícita reiteración, desfigurada a menudo por lo ilusorio. Lo que cambia es lo ilusorio, no el mundo real, que es univoco. Los dos a su vez conviven en uno: el hombre. Cabe decir entonces que los símbolos son entes en si, yendo hacia si mismos.

El hombre no obstante que se acepta en tanto creador y se encarna en él y se convierte en héroe, el sintagma del símbolo. Quien lo representa todo a lo largo, y que sufrió una regulación oculta, creada por un lento proceso en pos de una mitología o epopeya. Es decir que el hombre crea sus símbolos y los símbolos transforman al hombre. El origen de ambos es incierto, aunque se justifiquen recíprocamente. El héroe es el inaugurador de certezas, creencias e ideas que con el devenir de una civilización, son acunadas por tal o cual institución (las aglomeradoras y generadoras de cultura). Solamente el individuo inicia actos heroicos, que luego pasan al saber del pueblo o la tribu. Y solamente a nivel individual se encuentra la inspiración en los símbolos.

El principio de individuación esta al servicio de sus impulsos para que sea llevado a la totalidad y a su vez a ser el Primer Hombre Originario: “Entre un grupo de gente -nos cuenta Jung - que viven en las orillas del Tigres, Adán sigue siendo el Superalma oculta o espíritu protector, místico de todo el genero humano”

Por ejemplo, el mito de Orfeo anticipa a Cristo y recuerda a Dioniso, el que atraviesa el camino de los otros dos, nos prueba que es una condición que constantemente se innova: “Todas las criaturas se aplacan cuando el mediador, en el acto de adoración, representa la luz de la naturaleza. Orfeo es una personificación de la devoción y la piedad; simboliza la actitud religiosa que resuelve todos los conflictos, ya que mediante ella, toda el alma se vuelve hacia lo que reside en el otro lado de todo conflicto…y al hacerlo, él es el verdadero Orfeo; es decir, un buen pastor, su primitiva personificación.”

El héroe es mediador entre lo anterior y lo ulterior. Es él quien lleva las cosas a un estrato mas avanzado de evolución. Es la encarnación del símbolo por ende. El hombre necesita de los símbolos para aglomerar las experiencias, para conciliarlas con la historia y la identidad, a modo de registro; caso contrario las abismales lejanías de lo irrepresentable harían de esto un universo caótico, imposible de conocer, imposible de categorizar, ya que aquellos están sino para simplificar y dar sentido. Conocido es el caso de Descartes, quien decía que el mundo, hecho de sentidos, podía ser obra de un ser superior malicioso y que por tanto acude a Dios, único ser real. Como se ve, aquí Dios es el símbolo…curiosamente mediante algunos procesos mentales, al fin de cuentas, lo único real resulta ser un símbolo.

Podemos preguntarnos entonces: ¿y si un símbolo es lo unito que podríamos llamar real entonces? ¿Y si lo real fuera muy distinto a lo que creemos que en verdad es?

El hombre acude a los símbolos para representar su fe y unión a los otros hombres. La más exacta, para representar a cualquier hecho o sentimiento. De esta manera los antiguos persas viendo el fuego pensaban en Zoroastro, en Mitra, en el Zend Avesta, en todos los persas y en mucho más. De esta manera todos al ver la cruz pensamos en Cristo, su muerte y resurrección, indirectamente en los que lo preanunciaron y a sus fieles…Se puede argumentar también que los símbolos tienen la finalidad de evadir las palabras, remitiéndose en cambio a una imagen que sin embargo las represente. Su sentido de perfección hace que jamás se lo prescinda, pues además de unir, persiste. ¿Qué es pensar en la piedra Kaaba sino en el corazón del Islam, a Mahoma, al Libro escrito en el Cielo, a los profetas del Islam a través de los siglos?

Por estas cuestiones y tantas otras, “El hombre y sus símbolos” sea acaso un símbolo mas, como el “Así hablaba Zaratustra” de Friedrich Nietzsche, como “La Biblia” dictada por Dios (donde irónicamente los hombres le pedían un signo en el Cielo a Jesús), como cualquier libro de Shakespeare que inventó lo humano, como el Quijote, como el inodoro de Duchamp… Todos pregonan una nueva creencia, tan esencial a los hombres y sus días. Todas avizoran el fuero divino que habita dentro del hombre mismo, en que nada se pierde y quien lo invoca es parte de él.

“El hombre y sus símbolos”, de Carl G. Jung nos enseña que a través de los siglos el hombre continua escuchándolos, para saber lo que pensar, para saber lo que decir, como el viajero que al llegar a una ciudad se encuentra con su pasado que ya no sabía que tenía.

2. El Tao Te King como origen

“El hijo es el mundo, y conociendo

al hijo se conoce a la madre”

Xenócrates

El Tao no existe, sino que simplemente es en su eternidad inmóvil. El Tao es el Todo y la forma del Todo. Es él quien proyecta el mundo y quien crea a los seres pero su potencia siempre queda en él. La creación de la vida es en cambio generada por la Virtud (el Te). El motor inmóvil de la Virtud del Tao (Tao Te) se trata del inmenso vacío que lo vuelve ciertamente efectivo. Pues no hay una figura ni palabras que nos ponga en curso de entenderlo. Tal es su serena opulencia, la de que todos los seres vivos (los diez mil seres) descansemos en él y él descanse en la mas innocua inmovilidad. ES por eso que decimos que no existe sino que es.

El Tao al igual que las representaciones platónicas admite las formas aunque siempre puras y vacías. El estilo del Tao Te King es contradictorio, pero en sus finalidades no es tal, por eso, frases como “la mas alta norma no tiene norma” corresponde al vaciamiento de todo lo contenido, en pos de la más elevada pureza, a la exigencia de desaprender, para así aprender las bondades del Tao, el alma del mundo y al cual lo abarca. Más cuando la Virtud se llena de virtud, es porque nos alejamos del Tao.

El Tao es no obstante la forma de lo anterior, que ordena el curso de las cosas, y que nos induce a conocernos a nosotros mismos, al igual que la premisa del viejo Sócrates, ya que todos venimos del Tao. Él es superior y más sutil que nuestro mundo. El Tao descree de la evolución del mundo y de los seres, porque todo se halla en el origen, es por eso que hasta el mismo Tao comienza y termina en el vacuo origen.

No obstante, el Te o la Virtud se desprende del tao y es su motor, el cual se extiende entre el Cielo y la Tierra. Y de la negación de la Virtud nace su eficacia y de la negación del Tao nace la Virtud. Podríamos decir entonces que el devenir proviene de la pura quietud, que no nace ni muere, que simplemente vive.

El Tao (el camino) es entonces la imagen eterna que marcha hacia si misma, creando el mundo. Su forma, origen y devenir son en cuanto se niegan. El Tao es el Uno. El Tao Te (La Virtud del Tao), la Díada, es la materia propiamente dicha capaz de producir el Yin Yang (Tierra y Cielo). Y Tao Te King (El Libro de la Virtud del Tao) es la Tríada. O sea la Naturaleza, de cuyas virtudes proviene el Tao.

II

Por otra parte, la doctrina del Tao se asemeja al postulado de Henri Bergson, “Se cambia sin cesar, y el estado mismo ya es cambio. Es decir que no hay diferencia entre pasar de un estado a otro y persistir en el mismo estado”. Mas que nada si recordamos sobre la Duración en su carácter múltiple y siempre cualitativo. Siempre por debajo de la multiplicidad del mundo concreto y medible está lo indivisible y lo substancial.

Nos hace recordar también a Parmenides y a Epicuro, al primero por la imposibilidad de todo cambio, así, lo que cambia no es, que al igual que la Virtud del Tao (el Te) que se llena de virtud, se aleja del Tao y por tanto deja de ser Virtud.

Epicuro en cambio dijo que nada existe mas allá del universo y que nada hay que sea capaz de ocasionar un cambio. Que si bien todas las cualidades cambian, jamás los átomos. Epicuro fue mentor de una doctrina en pos de la felicidad, Lao Tse en cambio para la inmutable vacuidad. En realidad hay un camino, un hilo conductor en el cual recorrieron por allí Hermes Trismegisto, Pitágoras y Jesús.

El Tao Te King prácticamente inicia ciertas ideas, ya que es uno de los mas tempranos en hacernos saber sobre “el camino” sin formas, flexible y vacuo. El Tao es la plenitud invisible del mundo plasmado mediante en un libro en si, que nada expresa, como clave que lo invisible. Modifica nuestra percepción respecto a lo dado.

La interpretación de ese símbolo llamado tao nos aproxima mas al “afuera”. Es el libro chino que representa al mundo y que nos da una imagen más o menos difusa del milagro creador. Su estilo, tal vez demasiado hermético representa lo intransferible del origen y destino del mundo y de las armonías que lo rigen. Los 81 brevísimos capítulos que lo integran configuran tales cuestiones. Y cuyo número para algunos interpretes, se refieren a los 81 años que su autor vivió dentro del vientre de su madre antes de nacer, según reza la leyenda.

Aquella manifestación oral que luego fue transcripta por los mismos guardias que indujeron a hablar al maestro, data aproximadamente del 479 a. C.

De Lao Tse poco se sabe excepto que fue contemporáneo de Confucio, que hizo una vida de retiro prolongada y que tuvo por discípulos a Chuang Tzu y a Lieh Tzu

3. Job

En el Tratado del Vacío, Pascal escribió: “El respeto que se guarda a la antigüedad llega a tal punto, en las materias en que debe tener menos fuerza, que se hacen oráculos de todos sus pensamientos, y misterios hasta de sus oscuridades; que no se pueden ofrecer novedades sin peligro, y que el texto de un autor basta para destruir las razones mas fuertes…”

Hay textos que provienen de tiempos remotos y que aun persisten. Tal es así el Libro de Job, como también tantos otros que aun tienen mucho por decirnos. Pero no es como comenta Pascal del respeto a los antiguos lo que inunda de oscuridad y misterio. El texto de Job nos lo enseña: es lo intransferible lo que se cierne sobre todo conocimiento.

Job, perseguido, patriarca árabe que residió en la pista de Uz. Mientras que vivía en el medio de la gran prosperidad, él estaba repentinamente abrumado por una serie de ensayos doloridos que bajaron sobre él. En medio de todo el suyo los sufrimientos él mantuvo su integridad. Una vez más el dios lo visitó con el símbolo rico de su calidad e incluso mayor prosperidad que él había gozado antes.

Él sobrevivió el período del ensayo por cientos y cuarenta años, y murió en una buena vieja edad, un ejemplo a las generaciones que tenían éxito de la integridad (Ezequiel. 14:14, 20) y de la paciencia sumisa bajo calamidades más doloridas. Su historia, en cuanto se sabe, se registra en su libro.

Franz Kafka alguna vez escribió que el dolor es solamente en esta tierra. Que, no en el sentido de quienes lo sufren en este mundo, sino que lo que en esta vida se llama dolor en otra, se transforme en beatitud. Los hombres desde lo remoto no han vivido un solo día sin esos temas. No se trata tanto de invocara hombres e incluso nombres que nos recuerden estos temas, sino mas bien por las situaciones que estos pasaron. Toda vivencia va rumbo a un lugar más elevado para quien la vive. El dolor es un móvil entre tantos en esta tierra y la antigüedad es obra de ese dolor y a su vez, es lo anterior de lo mismo.

Para Vilem Flusser el libro de Job fue probablemente escrito en el siglo V o IV antes de Cristo, precisamente en el momento en el que la cultura occidental comenzaba a cristalizar en Palestina y en Grecia. Por eso en él aparecen tantos temas que distinguen a esta cultura de la cosmovisión mágico-mítica que la precedió, sobre todo el tema de la venganza. Los interlocutores de Job defienden el principio de venganza: "Dios es justo". Ellos son todavía mágico-míticos. Por el contrario, Job sostiene lo absurdo de los sucesos y la dignidad humana ante tal absurdo. Él ya es occidental. Pero el mensaje no es claro, porque el autor mismo está enredado aún en el pensamiento mágico-mítico. El mensaje debe ser iluminado. El Fausto de Goethe, que toma el libro de Job como modelo, intenta aclararlo. Pero para nosotros es Kafka quien lleva a cabo la primera elucidación efectiva del propósito del autor del libro de Job http://www.tipografica.com

Pero ¿Y si en Job, Yahvé hubiere procedido de manera opuesta? Dios obra simultáneamente: el castigo es recompensa y viceversa. La acción de Dios proclama estas dos. La acción de Dios aduce y otorga por tanto, la finalidad de toda acción humana. “Toda acción lleva al castigo o a la recompensa” tal como dijo Charles Baudelaire. Por alguna razón Yahvé interroga a Job: “¿Quién es el que oscurece mis obras con palabras insensatas?” Sencillamente alguien que no lo ha visto y lo nombra. La opresión es el signo de quien lo hace y por lo tanto habla para no decir nada. Como en las novelas da Samuel Beckett, Job habla con sus amigos y con Yahvé, pero los signos sonoros nada dicen ni arreglan. Y un hombre siempre habla para esconderse.

Tal acción requiere un escondite o el silencio, solo que el silencio es imposible por lo que se sabe y el escondite es imposible por lo que se ignora. Estamos ineludiblemente expuestos, debido a la conciencia, a Dios y al diablo, tomando en cuenta la situación de Job. Estamos condenados a repetir tales exposiciones.

La conciencia es la que no lo induce. Por otra parte el libre albedrío es una determinación de estos tiempos modernos. Todo se reduce a un problema de lenguaje en el tema de Job. “Tu preguntas donde estaban tus fallas, pero a lo mejor, Dios te había avisado de mil maneras y no lo habrás tomado en cuenta. Job se esfuerza en escuchar la Palabra pero siempre hay más y más palabras por conocer y por escuchar. ¿Quien sabe donde estará esa palabra? Un pensamiento le sucede al otro. Apenas si hay un atisbo de lo que es Dios. Como que el silencioso vacío indica que aun no se a comenzado a conocer ni a oír esa Palabra redentora. Su esfuerzo esencial es el de la recuperación. Hay algo que el hombre ha perdido y busca recuperar. Ya que el mensaje jamás es interpretado por Job. Dios siempre comunica de mil maneras pero tales mensajes son arduos de conocer para Job. Sus palabras nos lo dice, siempre le resultan familiares y sin embargo lejanas. “¿Cómo callar mis gemidos” ¡Quien me diera saber donde hablar a Dios y llegar hasta su casa! Expondría ante él mi caso y rebosarían mis quejas. Por lo menos conocería su respuestas y trataría de comprender lo que él dijera” (Job 23 -2-5)

El dolor siempre es síntoma de algo demasiado gigantesco como para ser comunicado, algo demasiado eterno, infinito para hacer saber. Nada hay por hacer saber. Pero sonreímos porque finalmente alguien ha guionado (aunque sea por un lapso ínfimo) nuestros pasos, y quedamos ahí agradecidos. La producción del programa de turno nos recuerda, además, la gratuidad del mundo. Cuando llega, la sonrisa marca nuestra bienvenida a la revelación. Y junto con ella nos hemos ganado viajes, prebendas y diversos regalos, porque ya hemos aprendido cuán gratuito -al tiempo que espectacular-es nuestro pasaje por el reino de estos mundos (Amir Hamed).

Era por tanto la resignación en los humanos y ese el mensaje entre tantos otros que podemos colegir en el Libro de Job. El argumento esencial de Dios es que la vida es demasiado compleja como para hallar respuestas sencillas. Si usted exige que Dios le de respuestas fáciles a problemas sumamente complicados, le está usted pidiendo que haga más de lo que puede usted entender. El está diciendo sencillamente que solo Dios puede tratar adecuadamente las respuestas a esta clase de interrogantes. Por lo tanto, el hombre ha de adoptar la postura de confiar en él y no discutir con Dios, que ha mostrado de la manera más asombrosa su habilidad para resolver estas complicadas situaciones al mismo tiempo que mantiene la vida humana y la vida del mundo entero, con todas sus tremendamente involucradas complejidades, en un equilibro precioso. Si usted entiende esto realmente, es para que Dios resuelva los complejos problemas de la vida.

Fuentes para el presente trabajo:

Sobre el Autor

Andrés Ugueruaga

Lugar de origen: Santa Fe Argentina,

Colabora en distintas páginas Web, <a.a.u[@]argentina.com>

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